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ARSGRAVIS ARTE Y SIMBOLISMO | Arte » Contemporáneo » Arquitectura vs. Naturaleza (en Gaudí)


Al igual que del tronco de un árbol puede surgir una flor, en Park Güell de Gaudí la sobria sala dórica se nimba con el aura del famoso banco. Fragmento de un artículo de Raimon Arola de próxima aparición
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Entre el sincretismo religioso y la arquitectura ecléctica de finales del XIX aparece el genio de Gaudí que transformó un conjunto de anacronismos en unas obras de arte extraordinarias. En este sentido, el arquitecto Tokutoshi Torii en su estudio sobre Gaudí plantea su obra desde la perspectiva del arte japonés y Fernando Chueca Goita autor del prólogo del libro, resume las ideas de Torii del modo siguiente: “Después he comprendido que existe una extraña simbiosis entre el mundo de Gaudí y el mundo japonés. La mentalidad japonesa espiritualiza la materia y materializa el espíritu y comprendo que la obra de Gaudí no significa otra cosa, hasta un punto de máxima tensión”[1].
Creemos que esta reflexión es muy relevante, pues permite comprender cómo la obra de arte participa del símbolo o dicho de otro modo, de la unión del cielo y la tierra. Sin que el Spiritus mundi se corporifique y sin que la materia se sutilice, el universo sería algo estático y muerto. Los flujos continuados entre los dos extremos de la creación, aquello más volátil y aquello más fijo, constituyen la propia vida. En el Park Güell, Gaudí nos muestra que su obra sigue el mismo proceso que la vida. El punto de unión entre los capiteles de la sala dórica y el banco que cierra la plaza del teatro ejemplifica esta idea oriental y también occidental, y sobre todo alquímica, que se refiere a espiritualizar la materia y materializar el espíritu. 
La sala hipóstila, estática y pesada, es el resultada de la corporificación del espíritu. El uso del estilo clásico le sirve al arquitecto de Riudoms para explicar la primera parte de la obra de la creación. Después, el banco de la parte superior complementa la corporificación primera y la espiritualiza. La forma serpenteante del banco muestra realmente la sublimación de la materia. Podría decirse que estamos contemplando el aura de la sala dórica o la espiritualización del cuerpo.
Como sucede en la vida, el simbolismo profundo nace de la reunión dialéctica de las partes del universo. Nada es estático, nada está muerto. Gaudí decía: “Todo surge del gran libro de la Naturaleza, esta naturaleza siempre es mi maestra”…
[…]
La misma forma serpenteante del banco parece un labio que irradia luz, su visión sublima y espiritualiza la pesadez clásica de la sala hipóstala, como si una flor de brillantes colores surgiese de un tronco seco, o como una sutil aura que envolviese un cuerpo sólido.
Por lo visto, al comienzo de las obras, el banco no estaba previsto, tal y como aparece en unas imágenes que muestran la sala dórica sin el acabado superior, por eso no parece una locura pensar que antes de construir el banco, Gaudí “vio” como se sublimaba la obra que había construido.
Con respecto a la visión coloreada, Rudolf Steiner escribió lo siguiente: “Los colores perceptibles al ojo espiritual, que resplandecen alrededor del hombre físico mientras se le percibe en su actividad y que lo envuelven como una nube, constituyen al aura humana” [2]. El teósofo auténtico, insiste Steiner, es aquel que puede percibir el aura, experimentando así la realidad sutil. De este modo podría decirse que si bien su conocimiento es positivista, pues proviene de una experiencia, se refiere o una realidad otra, perceptible mediante una visión especial.
El visionario primero siente una presencia, la percibe, después la reconoce i la “sabe” como en un sueño en el que se sabe quiénes son los personajes aunque no se presenten con su fisonomía habitual.
En este sentido, Rubió i Bellver recogió las siguientes palabras de su maestro Gaudí sobre sus propias cualidades: “saber exactamente si una cosa debe ser más alta o más baja, más plana o más abultada. Eso es una cualidad de videncia y yo, por suerte, lo veo. No puedo hacer nada al respecto. Doy gracias a dios i eso es suficiente para mí” [3].
En la sala abierta de la plaza del teatro, uno se da cuenta de que allí reside el significado simbólico de la maravilla que es el Park Guëll.
[Raimon Arola montaje y fotografías magnolia, y Mónica Lou, fotografías Park Güell].  

[1] In: T. Torii, El Mundo enigmatico de Gaudi: cómo creó Gaudí su arquitectura, Instituto de España, Madrid, 1983, pp.13-14; la cursiva es nuestra.
[2] Teosofia. Introducción al Conocimiento Suprasensible del Mundo y del Destino Humano, Biblioteca Antroposófica, Buenos Aires, 1977, p. 109.
[3] In: Juan Eduardo Cirlot, Gaudí, Triangle Postals, 2002, p. 13.

ARSGRAVIS ARTE Y SIMBOLISMO | Tradiciones » Chamanismo » África y la tradición oral


Gracias a la labor de recopilación de Amadou Hampâté Bâ (1900-1991) se ha conservado mucha de la tradición oral del África occidental. Aquí presentamos una breve introducción a la mitología peul. Edición R. Arola y L. Vert



Originario de Mali, Amadou Hampâté Bâ (1900-1991) fue uno de los primeros intelectuales africanos que recogieron, transcribieron y dieron a conocer los tesoros de la tradición oral de este continente. En sus obras se hallan cantidad de cuentos, poemas, fábulas, mitos y leyendas del África occidental, que en sin él quizá se hubieran perdido, pues como dijo en una ocasión: “En África, cuando muere un viejo, es como si se quemara una biblioteca”.
Presentamos su introducción a un gran relato iniciático peul conocido como Njeddo Dewal, la madre de la calamidad,una historia que cuenta cómo surgió la desgracia y la calamidad entre los hombres, que con Kaïdara y el Brillo de la gran estrella, constituyen una trilogía mítica cuyos temas se complementan y que tienen en común algunos de los personajes. Como explica el propio Hampâté Bâ: “los tres son unos janti, es decir, unos relatos muy largos con personajes humanos o fantásticos, con una vocación didáctica o iniciática, a menudo, las dos a la vez”.

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Antes de la creación del mundo, antes del comienzo de todas las cosas, no había nada, sino un Ser. Este Ser era un Vacío sin nombre y sin límite, pero era un Vacío vivo, que potencialmente incubaba en sí la suma de todas las existencias posibles. El tiempo infinito, intemporal, era la residencia de este Ser-Uno. Se dotó de dos ojos. Los cerró: fue engendrada la noche. Los volvió a abrir: nació el día. La noche se encarnó en Lewru, la Luna. El día se encarnó en Na’ngué, el Sol. El Sol se casó con la Luna y procrearon a Dumunna, el Tiempo temporal divino. Dumunna le preguntó al Tiempo infinito con qué nombre quería que lo invocara. Éste respondió “Llámame Gueno, el Eterno”.En su introducción, el autor traza un breve esbozo de la mitología peul que se desarrollará en los relatos que acabamos de mencionar.

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Gueno quería ser conocido. Quería tener un interlocutor. Entonces creó un Huevo maravilloso con nueve divisiones, e introdujo en ellas los nueve estados fundamentales de la existencia. Después confió el Huevo al Tiempo temporal Dumunna: “Incúbalo con paciencia, le dijo, y de él saldrá lo que saldrá”. Dumunna incubó el Huevo maravilloso y lo llamó Botchio’ndé.  Cuando el Huevo cósmico se abrió, nacieron veinte seres fabulosos que constituyeron la totalidad del universo visible e invisible, la totalidad de las fuerzas existentes y de todos los conocimientos posibles.
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Pero, desgraciadamente, ninguna de estas veinte criaturas fabulosas se reveló apta para convertirse en el interlocutor que Guéno había deseado para Sí mismo. Entonces, tomó una parte de cada una de las veinte criaturas existentes. Las mezcló y luego, al insuflar en esta mezcla una chispa de su propio aliento ígneo, creó un nuevo ser: Neddo, el Hombre…

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Síntesis de todos los elementos del universo, los superiores y los inferiores, receptáculo por excelencia de la Fuerza suprema, al tiempo que la confluencia de todas las fuerzas existentes, buenas o malas, Neddo, el Hombre primordial, recibió como herencia una parte de la potencia creadora divina, el don del Espíritu y de la Palabra. Guéno enseñó a Neddo, su interlocutor, las leyes según las cuales todos los elementos del cosmos fueron formados y continúan existiendo. Lo instauró como Guardián y Administrador de su universo y le encargó que mantuviera la armonía universal. Éste es el motivo por el cual es duro ser Neddo.

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Iniciado por su creador, más tarde Neddo transmitió a su descendencia la suma de todos sus conocimientos. Este fue el comienzo de la gran cadena de transmisión iniciática oral. Neddo, el hombre primordial, engendró a Kîkala, el primer hombre terrestre, cuya esposa fue Nâgara.
Kîkala engendró Habana-koel: “Cada uno para sí mismo”. “Cada uno para sí mismo” engendró a Tcheli: “Bifurcación del camino”. “Bifurcación del camino” tuvo dos hijos: uno el “Hombre viejo” (Gorko-mawdo), que representaba la Vía del bien, el otro, la “Pequeña vieja canosa” (Dewel-Nayewel), representó la Vía del mal. De ellos surgieron dos posteridades contrarias: El “Hombre viejo” engendró a Njeddo-mawdo, el “Hombre digno de consideración”, que trajo al mundo a cuatro hijos: “Gran escucha”, “Gran visión”, “Gran elocuencia” y “Gran actuación”. Su hermana, la “Pequeña vieja canosa”, engendró también cuatro hijos: “Miseria”, “Mala suerte”, “Animosidad” y “Detestable”.
Como acabamos de ver, a partir de “Bifurcación del camino”, que sucedió a “Cada uno para sí mismo”, se configuran las vías del Bien y del Mal.

Africa 6

Njeddo-Dewal es una encarnación legendaria peul de Dewek-Nayewel, la “Pequeña vieja canosa”. Su nacimiento sucede en un tiempo en el que los hombres olvidan sus deberes y el mundo deviene un caos. Entonces Guéno decide castigarlos con el nacimiento de Njeddo- Dewal, la madre de la calamidad, pero esto ya es otra historia.

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Texto de Amadou Hampâté Bâ in Contes Initiatiques Peuls.
Fotografías, Las razas humanas de Pedro Bosch-Gimfarre y otras fuentes.

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“Creer lo increíble o lo antiguo y lo nuevo en la historia de las religiones”.

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A partir de las presentaciones redactadas por Emmanuel y Charles d’Hooghvorst a propósito del 'Mensaje Reencontrado' de Louis Cattiaux, Raimon Arola describe el encuentro de estos tres hombres. Habla de una amistad ejemplar, fundamentada en el contenido de la obra de Cattiaux.

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ARSGRAVIS ARTE Y SIMBOLISMO | Caligrafía japonesa y el Buda de la tierra pura


Un fragmento del libro “Ensayos sobre el Budismo Zen” D. T. Suzuki sobre la pintura “sumiye” y otro que trata sobre el Buda de la tierra pura. Dos textos de distinta temática pero con un mismo sentido, ilustrados con muestras de la caligrafía japonesa. Edición, Raimon Arola y Lluïsa Vert.

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La vida se delinea en un lienzo llamado tiempo; y el tiempo jamás se repite: una vez que se fue, se fue para siempre y lo mismo ocurre con un acto; una vez realizado nunca se deshace. La vida es una pintura sumiye que debemos ejecutar de una vez y para siempre, sin vacilación, sin intelección, sin que sean permisibles ni posibles las correcciones. La vida no se parece a una pintura al óleo, que puede borrarse y realizarse una y otra vez hasta que el artista quede satisfecho. Con la pintura sumiye, cualquier pincelada efectuada por segunda vez tiene como resultado una mancha; la vida la abandonó. Todas las correcciones se ponen en evidencia al secarse la tinta. Lo mismo ocurre con la vida. Jamás podremos retractarnos de los actos que cometimos una vez; no, lo experimentado por la conciencia no puede ser borrado jamás. Por lo tanto el Zen debe ser captado cuando la cosa sucede, ni antes ni después. Es un acto de un solo instante. Cuando Dharma estaba a punto de abandonar la China, preguntó a sus discípulos que habían comprendido del Zen, y uno de ellos, que resultó ser una monja, replicó: “Es como la contemplación de Ananda dentro del reino del Buda Akshobhya: se ve una sola vez y jamás se repite”. Este carácter elusivo, irrepetible e inatrapable de la vida es delineado gráficamente por los maestros Zen que lo comparan con un relámpago o chispa producido por el roce de dos piedras.  (Ensayos sobre Budismo Zen, Kier, p. 328)
En el budismo se habla de 84.000 caminos distintos que llevan a la iluminación. El budismo Shin es uno de ellos. La tradición de la Tierra Pura surgió en la India, en el primer siglo antes de nuestra era. Se sabe de su existencia por las llamadas “escrituras de la Tierra Pura”. El concepto de una tierra búdica es tan antiguo como el budismo mismo, pero la tradición basada en el deseo de nacer en esta tierra, no llegó a materializarse hasta que el budismo nació en China, y finalmente alcanzó su desarrollo en Japón, bajo  una forma original conocida como doctrina Shin, fundada por el maestro Shinran (1173- 1263).
El punto central del Shin es el Buda Amida, el salvador, una palabra que normalmente no usan los budistas, pero que tiene su origen en los Suras Triples que recogen la promesa del bodhisattva Dharmakara, quien al cumplirla se transformó en el Buda de la luz infinita, el Buda Amida. En dicha promesa se dice que: “Si al obtener yo la Budeidad, todos los seres de los diez sectores que, albergando una mente sincera, alegre confianza y la aspiración de nacer en mi tierra, con sólo decir mi nombre unas diez veces, no nacieran allí, que no obtenga yo entonces la iluminación suprema”. Amida quiere salvar a todos los seres sin excepción, así aquellos que crean en Amida y pronuncien su Nombre: Namu Amida butsu, con fervor y devoción, nacerán en la Tierra Pura.
En Nombre (myogo) cobra vida en nuestras vidas concretas cuando no hay otro nombre aparte de Amida. Amida se convierte en el Nombre mismo y el Nombre no es otro que Amida… Por el contrario, cuando el Nombre se pronuncia con consciencia por nuestra parte de estarle diciendo namu a Amida, o cuando pensamos que Amida está escuchando el namu de nuestra llamada, entonces no hay verdadero silencio auténtica identificación. Cuando uno está llamando a otro y el otro, en respuesta mira hacia abajo (o hacia arriba) la dualidad está presente. Pero cuando namu es Amida, Amida es namu. Cuando el silencio tiene lugar, cuando el Nombre se halla absolutamente identificado con Amida, entonces el Nombre deja de ser el Nombre de alguien… Esta fe absoluta es la Realidad. Éste es el momento en que, como señaló Shinran, decir Namu-amida-butsu una sola vez, basta para salvarte.

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